“La fiebre no está en la sábana”

dr cesar vazquezDr. César A. Vázquez Muñiz
Portavoz de PR por la Familia

Es obvio que nuestro sistema de educación pública tiene problemas. Y es comprensible que la nueva administración, particularmente la legislatura, pretenda hacer algo al respecto. Eso es el Proyecto de la Cámara 1441 sobre reforma educativa, el intento de resolver un problema.

No es cualquier problema. Eso que llamamos educación pública maneja el presupuesto más alto de nuestro gobierno, tiene la plantilla de empleados mayor del gobierno y afecta a cientos de miles de nuestros niños. Algo nos dice que no anda bien. A esto hay que añadir el hecho de que la pobre escolaridad disminuye las posibilidades de progreso en la vida, está asociada a problemas de salud y que la misma es un factor de riesgo para la actividad delictiva, por señalar algunas consecuencias. Nos va la vida en resolver este problema.

Una lectura al proyecto nos lleva a pensar que el diagnóstico que sus autores han hecho sobre el problema de la educación pública tiene que ver con la ausencia de una filosofía educativa clara, un sistema altamente burocrático y centralizado, la incapacidad del sistema de fiscalizarse efectivamente y la renuencia a experimentar con nuevos modelos educativos. Las soluciones que se proponen en dicho proyecto han generado animosidad y franco rechazo de grupos importantes, particularmente los gremios de maestros. Suenan los tambores de guerra.

Pienso que hay preguntas que nos debemos hacer y contestaciones que debemos dar antes de involucrarnos en este acto de ingeniería radical que se pretende dar a nuestro sistema público de enseñanza.

¿Por qué tenemos una incidencia tan alta de deserción escolar? Cerca de un 40% de los niños que comienzan primer grado no se gradúan de cuarto año. El pico de la deserción ocurre en escuela intermedia. Sabemos que un por ciento significativo de los desertores escolares se van a involucrar en actividad delictiva. ¿Qué esfuerzo de importancia se está haciendo en esta dirección? ¿Cuántas de nuestras escuelas tienen al menos un psicólogo escolar, consejero profesional y/o trabajador social? Digo al menos, reconociendo que un solo profesional de la salud mental, por más capacitado y motivado que esté no puede enfrentar efectivamente los problemas de una escuela. ¿Les han preguntado? La contestación obligada es que las circunstancias del hogar afectan la capacidad del niño de aprender.

Muchos niños viven en hogares de mucho conflicto. Muchos niños han vivido el divorcio o la separación de sus padres. La mitad de nuestros niños se está criando con uno solo de sus padres, usualmente la madre. Muchos niños son el resultado de relaciones de bajo compromiso. Cuando el padre y la madre no trabajan ni estudian, ¿qué motivación tiene el niño para estudiar? Si se puede vivir dependiendo de las ayudas del gobierno o de la actividad delictiva, ¿para qué estudiar? La motivación que papá y mamá le dan a su hijo para que estudie es importante. Desgraciadamente dicha motivación está ausente en demasiados hogares. ¿Qué vamos a hacer para enfrentar esta realidad?

La otra pregunta, que puede resultar vergonzosa, es ¿por qué tenemos tantos niños en educación especial? La cifra ronda el 25% de la matrícula. En algunas escuelas se acerca al 50% de niños con diagnósticos que ameritan educación especial. Esto debería ser motivo de la alarma y debería ser visto como una emergencia nacional. Sin embargo se explota como una fuente de mayores ayudas federales para nuestro sistema de educación. ¿Se debe a algún defecto neurológico? ¿Tiene que ver con algún defecto en el desarrollo? ¿Hay algún factor epidemiológico en el embarazo? Debería haber una concertación nacional para estudiar este problema. ¿Se está haciendo el diagnóstico correcto o hay alguna confabulación con motivaciones económicas? ¿Los estamos estigmatizando con el carimbo de la incapacidad o les estamos dando una razón para el fracaso? En las comunidades puertorriqueñas en Estados Unidos, ¿los niños tienen igual incidencia de trastornos del aprendizaje?

Aparte, el espectáculo del Secretario de Educación de turno explicando al tribunal Federal por qué no se dan los servicios a estos niños, a pesar de todo el dinero que se recibe, es francamente vergonzoso.

¿Por qué nuestro sistema de educación tiene 100.000 niños menos que hace 10 años pero necesita 1 millón de dólares más? Algo me dice qué tiene que ver con la corrupción y los contratos.

Pero la cosa no se queda ahí. Cerca del 40% de los que entran a la Universidad de Puerto Rico no terminan su bachillerato. Esto a pesar del cerca de un billón de dólares en subsidios que la universidad recibe, aparte de las becas Pell. Eso implica que graduarse de escuela superior y entrar a la universidad no es la panacea. Tampoco el éxito está garantizado por graduarse de bachillerato, de maestría o de doctorado. Hay mucha gente engrosando las filas del desempleo con todos estos títulos. Tienen otro título, sobre cualificados. Sin hablar de los que han emigrado buscando pastos más verdes.

El Proyecto de la Cámara 1441 es fruto del esfuerzo y pienso que tiene las motivaciones correctas. Tiene algunos aciertos. Desgraciadamente pienso que en lo fundamental hace el diagnóstico equivocado. La evidencia está en los decenas de miles de estudiantes de escuelas privadas, de escuelas iglesias y de “home schooling” que se gradúan con éxito y luego prosiguen estudios universitarios y postgraduados. La evidencia está en los niños que provienen de nuestro sistema de educación pública y sacan notas sobresalientes en las pruebas de entrada a la universidad. Pero la evidencia más contundente es la realidad histórica de que a Puerto Rico lo construyeron hombres y mujeres que estudiaron en la escuela pública sin más tecnología educativa que lápiz, papel, tiza y borrador; con padres que los motivaban a estudiar, con hambre de conocimiento y con maestros qué más que una profesión tenían un ministerio, el de la enseñanza.

Todavía hay mucho que discutir. Evitemos la confrontación hostil.

“La fiebre no está en la sábana”