Violencia contra la mujer

cesar vazquez

Dr. César A. Vázquez Muñiz
Portavoz Puerto Rico por la Familia, 787-366 -1465

La manifestación más vergonzosa de violencia en la sociedad es la violencia doméstica. Con demasiada frecuencia se nos despierta a la realidad trágica de la muerte de una mujer a manos de un hombre con quien convivía. Cada vez que esto ocurre se levantan las mismas voces exigiendo un currículo de equidad de género en la educación pública.

Como en casi todo reina la desinformación sobre este y otros asuntos. Lo primero es que las muertes por violencia doméstica se han mantenido fluctuando entre 16 a 32 por año durante los últimos 20 años. Casi todas las víctimas han sido mujeres. Durante ese mismo periodo de tiempo los asesinatos han estado entre 700 a casi 1000 por año, siendo más del 95% varones jóvenes entre los 18 a 35. Casi todos pobres y de poca escolaridad. Muchos de ellos desertores escolares. No es cierto que las muertes por violencia doméstica estén aumentando ni tampoco es cierto que este sea el principal problema de violencia. No estoy diciendo que no sea importante. Estoy diciendo que en términos numéricos los asesinatos en Puerto Rico son casi 50 veces más que las muertes por violencia doméstica. Pero no escuchamos voces que la denuncien de manera enérgica. Tampoco vemos un esfuerzo dramático por parte de las autoridades, ya sea el legislativo o el ejecutivo, para resolverlo. La policía como siempre da la vida cada día por nuestro país.

¿Qué cosas no se dicen sobre la violencia doméstica? No se dice que la mayoría de los casos se resuelven, a diferencia de los asesinatos en general, que cerca del 60% quedan sin resolver. No se dice que más de las de la mitad de las mujeres que mueren son asesinadas por hombres con quienes no estaban casadas. Aunque las parejas de hecho son menos de una tercera parte de las convivencias entre un hombre y una mujer, sin embargo son responsables de más de la mitad de las muertes por violencia doméstica. Como sociedad hemos creado el derecho de irnos a vivir con quien queramos sin casarnos, pero no queremos enfrentar la realidad de que esas relaciones de bajo compromiso son de mayor peligro para la mujer y para los niños.

Muchos repiten que el problema está en la educación. Como si la violencia doméstica sólo ocurriera entre aquellos con poca escolaridad. Como si la violencia fuese el fruto meramente de las ideas. De todas maneras se insiste en enseñar equidad de género en el sistema público. Yo pensaba que siempre se había enseñado que el hombre y la mujer tienen la misma dignidad, que deben tener los mismos derechos ante la ley y las mismas oportunidades ante la vida. A mí no me enseñaron otra cosa en donde estudié. La mayoría de mis maestros fueron mujeres abnegadas a quienes respeto y de quienes vivo agradecido. Nunca se nos enseñó que había unos estándares de excelencia diferentes para hombres y otro para mujeres. Nunca se nos enseñó que había unas profesiones que eran privativas para los hombres y otras para las mujeres. Mucho menos se insinuó que la mujer era inferior al hombre o que existía para servir al hombre.

¿Donde se nos enseñó a mirar a la mujer como un objeto que sólo sirve para brindar placer al hombre? En la pornografía, en la música, en el cine y en la televisión. Han sido ellos quienes han explotado los encantos del cuerpo femenino por razones económicas. A esto también contribuyeron algunos padres con una noción equivocada de lo que es masculinidad y hombría. La pornografía por Internet ha venido a empeorar la situación. Pero por otro lado, casi todo se vende asociándolo al cuerpo de una mujer. Sobre esta realidad nadie protesta.

La iglesia por el contrario le ha enseñado al hombre que la mujer es igual a él en dignidad y merece ser tratada con respeto. Se le ha enseñado al hombre casado que la mujer es su primer prójimo y que debe amarla como Cristo amó a la iglesia y estuvo dispuesto a morir por ella. ¡Dios no escucha la oración de aquel que maltrata a su esposa! La realidad es que la llegada del Evangelio a la vida de un hombre ha sido la razón para que cientos de miles de mujeres recuperaran a su esposo y de igual manera cientos de miles de niños recuperaran a su padre. Cuando Dios transforma el corazón, se transforman también las relaciones. El fruto del Espíritu es mansedumbre.

La realidad es que la violencia doméstica nace de la incapacidad para manejar los conflictos emocionales que se dan en la vida de pareja y por la utilización de la violencia como solución a los conflictos. Nace de los ejemplos recibidos en la niñez. Nace de las heridas que se generan en la relación, de la falta de comunicación efectiva, de una hostilidad que va en aumento, de la frustración, de la sensación de abandono y de traición. Si a esto le añadimos el efecto del alcohol y la sospecha de infidelidad podemos terminar en tragedia. Que estemos claros, nada de esto justifica la violencia. Nadie se debe sentir dueño de su pareja. Nadie debe morir a manos de aquel con quien sostiene una relación íntima. Pero postular que enseñarle a los niños unas ideas sobre la relación hombre mujer, va a cambiar esta realidad, me parece que es sobre simplificar el problema.

Dicho todo lo anterior, estamos dispuestos a participar en la enseñanza de equidad entre el hombre y la mujer. Esa es la justicia que queremos para nuestros niños y nuestras niñas. Queremos insertarnos en la creación y evaluación del currículo. Si realmente el propósito es disminuir esta terrible realidad queremos participar en este esfuerzo. ¡A paz nos llamó Dios!

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